El edadismo empieza muchas veces en una frase
La forma en que una familia, una institución o una sociedad habla a sus mayores no es un detalle menor. En su artículo publicado en La Vanguardia, Susana Quadrado pone el foco en una discriminación cotidiana que rara vez se reconoce como tal: el edadismo expresado a través del lenguaje. No se trata solo de insultos evidentes, sino de diminutivos, bromas, tonos condescendientes y frases aparentemente inocentes que terminan reduciendo a una persona a su edad.
El texto parte de una pregunta sencilla y bastante incómoda: ¿hablamos a nuestros padres mayores como hablaríamos a cualquier adulto con plena dignidad? La autora enumera expresiones frecuentes que infantilizan, ridiculizan o desautorizan: llamar “abuelito” a quien no lo es, decir que los mayores “se vuelven como niños”, despachar un malestar con un “son cosas de la edad” o tratar sus decisiones como si siempre necesitaran tutela. La tesis es clara: el vocabulario no solo describe la realidad; también la construye.
La preocupación no es nueva. La Organización Mundial de la Salud y Naciones Unidas advirtieron en 2021 de que el edadismo es un problema global. Según ese informe, una de cada dos personas mantiene actitudes edadistas moderadas o altas. Además, esta discriminación se asocia con peor salud física y mental, más soledad, aislamiento social, inseguridad económica y pérdida de calidad de vida. No afecta únicamente a los mayores, pero en la vejez se vuelve especialmente dañina porque puede justificar exclusiones en la atención sanitaria, el empleo, la vida familiar o la participación pública.
Lo relevante del artículo de Quadrado es que baja ese diagnóstico al terreno doméstico. El edadismo no siempre aparece como una norma escrita o una decisión administrativa; muchas veces se cuela en la conversación de sobremesa, en la consulta médica, en el banco, en la residencia o en el grupo familiar de mensajería. Se expresa cuando se habla delante de una persona mayor como si no estuviera, cuando se decide por ella “por su bien”, cuando se confunde lentitud con incapacidad o cuando se interpreta cualquier discrepancia como terquedad.
El matiz importante es que cuidar no equivale a mandar. Hay mayores que necesitan apoyo real, acompañamiento médico, ayuda con trámites o protección ante abusos. Pero esa ayuda pierde humanidad cuando borra la voluntad de la persona. La autonomía no desaparece de golpe con los años: se adapta, se negocia y se sostiene con paciencia. En una cultura familiar sana, proteger a los padres o abuelos no debería significar sustituirlos, sino escuchar mejor y respetar sus ritmos.
La cuestión también interpela a quienes aún no se consideran viejos. Si la vida sigue su curso, casi todos llegaremos a depender de la mirada de otros. Por eso el modo de hablar de la vejez es una inversión moral: enseña a los hijos cómo tratarán mañana a quienes hoy cuidan de ellos. Cambiar palabras no resuelve por sí solo los problemas de pensiones, dependencia o soledad, pero sí corrige una raíz profunda: la tentación de medir la dignidad por la productividad, la rapidez o la juventud.
La vejez no es una caricatura ni una segunda infancia. Es una etapa de la vida con fragilidades, memoria, carácter, preferencias y derechos. Empezar por el lenguaje puede parecer poco, pero en muchas casas será el primer gesto para devolver a los mayores el lugar que nunca debieron perder: el de adultos escuchados, respetados y queridos.
Fuentes consultadas
- https://www.lavanguardia.com/vida/20260704/11583634/les-hablas-asi-tus-padres-mayores.html
- https://www.who.int/es/news/item/18-03-2021-ageism-is-a-global-challenge-un
- https://www.sanidad.gob.es/areas/promocionPrevencion/envejecimientoSaludable/docs/Informe_mundial_edadismo.pdf

