Los belenistas españoles buscan atraer a jóvenes para mantener viva una tradición de ocho siglos

El relevo generacional, una urgencia cultural

El belenismo español atraviesa un momento paradójico: conserva una tradición de más de ocho siglos, mantiene una red activa de asociaciones y aspira a un reconocimiento internacional, pero sabe que su continuidad depende de una pregunta sencilla y difícil a la vez: quién construirá los belenes dentro de treinta años. Ese fue el mensaje central trasladado por la Federación Española de Belenistas durante el LXIII Congreso Nacional Belenista celebrado en Logroño, donde su presidenta, María Antonia Martorell, situó la incorporación de jóvenes como el gran reto del movimiento.

La cuestión no se limita a conseguir más visitantes en Navidad. La Federación quiere que las nuevas generaciones dejen de ser únicamente espectadoras y entren en el taller, en la planificación, en la escenografía y en la vida asociativa. El belén, entendido como obra colectiva, requiere tiempo, aprendizaje y transmisión de oficios. Por eso, las asociaciones insisten en que su trabajo no empieza en diciembre: durante todo el año se diseñan escenas, se modelan figuras, se preparan estructuras, se prueban luces y se comparten técnicas.

El desafío es especialmente relevante porque el belenismo mezcla varias dimensiones que no siempre se perciben desde fuera. Es devoción para muchos, pero también artesanía, memoria familiar, cultura popular, composición artística, arquitectura en miniatura e incluso narración histórica. Esa amplitud puede ser una oportunidad para atraer perfiles jóvenes con intereses muy distintos: desde quienes disfrutan del trabajo manual hasta quienes se acercan por el diseño, la iluminación, la impresión 3D o la creación de ambientes.

Martorell defendió precisamente que la tecnología no debe entenderse como una amenaza, sino como una aliada si se integra con equilibrio. La impresión 3D, las herramientas de diseño o los nuevos sistemas de iluminación pueden facilitar procesos y abrir caminos creativos. Pero la Federación subraya que esa innovación no debe desplazar la artesanía ni el valor de escultores, figuristas y constructores tradicionales. El futuro del belén no pasa por sustituir unas manos por una máquina, sino por combinar conocimiento heredado y recursos contemporáneos.

En ese contexto, la aspiración a que el belenismo sea reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO funciona como incentivo y como espejo. La candidatura, liderada por Italia con participación de España y Paraguay, podría resolverse a finales de 2027. Más allá del resultado, el proceso obliga a explicar qué se quiere proteger: no solo objetos o escenas, sino una práctica social, unos saberes compartidos y una forma de comunidad.

La batalla por atraer jóvenes, por tanto, no es una campaña estética para rejuvenecer una afición. Es una política de continuidad cultural. Si los talleres se abren, si las asociaciones enseñan y si la tecnología se usa sin romper la raíz artesanal, el belén puede seguir siendo una tradición viva y no una pieza de museo.

Fuentes consultadas